La Trampa

Obra de Zdzislaw Beksinski
La habitación se encontraba a oscuras. Con el transcurrir de los minutos mis ojos lograron alcanzar el umbral de visión necesario. Las pupilas totalmente dilatadas absorbían la magra información que dentro de aquel medio viscoso que era la oscuridad, podía filtrarse. Tal vez el ojo de la mente habría descubierto tempranamente una cabeza joven inclinada hacia el suelo en un gesto de introspección. Un leve aura la rodearía, merced al reflejo de un blanco cuello duro de lino, ceñido, impecable. En un gesto lento y magnificente, habría levantado una mano ofreciendo su palma tatuada hacia alguna improbable luz. En medio de ella un pequeño diamante incrustado en la carne la reflejaría, sin lograr destellos, simplemente iluminándolo. En la otra sostendría un bello bastón de ébano con empuñadura de plata desde la cual colgarían dos borlas de terciopelo negro.
Debí imaginar su presencia hasta escuchar su queda voz.

-Si debo prestarte mis oídos, deleitarte con mi habla. Qué recibiré yo a cambio?

-Lo que en mis manos esté como posible. Dije.

La figura levantó su mirada, mas no su cabeza. La visión era más clara ahora.

-No me basta.

No habría viajado tantos días, ni sufrido tantas penurias para detenerme en aquel momento. Busqué una respuesta satisfactoria. Adiviné donde estaba errada mi promesa. Con cautela reformulé la misma.

-Lo que en mí esté.

Cerró sus ojos con un gesto que hablaba por sí solo de historias repetidas y promesas incumplidas

-Habla entonces. Pero no distraigas mi atención en banalidades.

El espacio a su alrededor comenzó a aparecer lentamente. El hombre sentado en cuclillas sobre un mullido almohadón se recortaba sobre un fondo borroso. Una pared, tal vez, en la que se intuía un cielo pleno de nubes de un triste atardecer.
La palma de su mano aparecía decorada en arabescos color terracota. Cada dedo culminaba el diseño con un punto en cada yema. En ella se había dejado en blanco la forma de una flor irreconocible, que servía de marco a la piedra, la cual no dejaba en ningún momento de reflejar esa inexistente luz. Sus movimientos eran extraños, como si siempre aquella mano debiera estar enfrentada a mis ojos.

-He visto a los muertos. Caminé entre ellos. Colgaban de pequeños ganchos sobre ambas paredes en filas amortajadas que hacían las veces de escolta a mi caminar. Parecían hablarme en un leguaje no articulado. Cada uno de ellos tenía una historia que contar. Un mensaje que entregar.

-Una escalera caracol conduce al interior de una cripta, donde ellos sonríen con resentimiento a los curiosos. Acotó.

-Así es.

-Guanajuato. Los cadáveres que tenían cuentas pendientes, momificados por el clima de la región, eran desenterrados y colgados en estacas para que nuevos ocupantes llenaran sus antiguas tumbas.

Levantó su mirada tal vez para encontrar la mía. Su rictus era de clara obviedad.

-Entonces?

Me encogí de hombros en un gesto de desconocimiento habitual en mí. Inmediatamente caí en la cuenta, que él difícilmente habría podido observarlo y me apuré a traducirlo en palabras.

-No lo sé. Pequeñas púas parecían que clavarse en mi espalda. Un sentimiento solidario me unió a aquellas personas convertidas en decoración mural. Eran yo mismo en contados años. Habían traspasado el umbral y se veían irónicos en su sequedad. Fantasmas sin historias colgando de una pared, a la espera de una nueva mano de pintura para que turistas como yo pagaran una mínima entrada al santuario del horror.

La figura tomó entre sus manos una esfera negra de algún material pesado. Comenzó a acariciarla suavemente, demorado en algún viejo pensamiento. Un suave sonido a brisa marina acompañaba su gesto, como si la misma partiera de aquella esfera.

-Tantas y tan diferentes son las formas que hemos adoptado para venerar a nuestros muertos. Momias vaciadas de sus fluidos y órganos vitales guardados en frascos de opalina, a la espera de una supuesta resurrección. Piras funerarias a la deriva para que las almas llegaran al Walhalla y se regocijaran en una fiesta interminable en honor a su demostrada valentía, cuando la carne todavía cubría sus huesos. Terrazas usadas como depósito de cadáveres para que los buitres consuman la carroña humana acumulada bajo el ardiente sol del desierto. Ríos donde los cuerpos descompuestos terminan siendo bebidos por el pueblo al transcurrir el tiempo. Lugares donde los familiares sacan a sus muertos de las tumbas para charlar el día de su cumpleaños y luego de lustrar sus huesos se despiden hasta la próxima vez. Catacumbas donde millones de fémures y calaveras se acumulan en diseños geométricos, poco artísticos, iniciados durante la Peste Negra. Tumbas bajo tierra fértil, donde los organismos de la misma se encargan de una saneadora tarea. Compartimentos estancos, plenos de cal, donde los cuerpos se secan y perduran mas de lo que la naturaleza y los sentimientos recomiendan.
Diversas culturas, diversos métodos para intentar sustraerle a la maldecida muerte el dulce sabor de la victoria.

-Pero casi todos finitos. Casi todos como consecuencia de actos desarrollados en la más cerrada intimidad. Hoy no es así y usted lo sabe. Somos robados del seno de nuestras casas, acuciados por seres habidos de conocimiento y ansias de redención. Copias de dioses que creen ser ellos mismos y en cuya potestad se encuentran nuestras vidas, honra y dolor. Todo para ser finalmente expuestos. Desnudos. Simples trozos de piel y huesos sin restos de humanidad.

-Te hiere la exposición de la muerte?

-Deja de serme ajena.

Tomé de mi bolsillo interior la pequeña petaca de rapé y volqué una pequeña porción del mismo en el hueco formado entre mi pulgar y mi muñeca al levantar el primero con energía hacia el cielo. Apreté con fuerza una de mis fosas nasales y aspiré con ahínco. Era mi único placer, mi mas afianzado vicio.

-Seguramente has nacido como todos: en un grito. El devenir de los años te ha enseñado cosas. Has crecido, aprendido, amado, trabajado. Formado sociedades conyugales y procreado niños. Caminado muchos caminos. Has disfrutado sin duda. ¿Pero en qué oportunidad te has podido sentir seguro de lo que te depararía el próximo momento? ¿Tal vez nunca?
El tiempo transcurrido desde tu nacimiento tiene un último minuto. La única cosa segura que poseerás en este mundo y que en alguna medida podrás manejar. Incierta e inesperada. Algunas veces deseada. Pero jamás ajena como dices ahora. Es tuya. Totalmente íntima. Lo que ocurra luego ya no es parte de ti.

-Pero si es privada y es mía como usted dice, deseo que sea libre de vejámenes. Sin exposiciones gratuitas. Sólo aquellos que amo a mi alrededor, ocultándome y protejiéndome luego.

-Si tan solo recibiera una moneda de plata por cada uno que ha pedido lo mismo...

Guardé lentamente la petaca en el bolsillo interior de mi casaca.

-Con gusto daría todas...

Repasó su mano sobre la negra esfera y la ocultó de mi vista mientras su cara se elevaba hacia el cielo como pidiendo una paciencia que ahora parecía no poseer. La brisa marina desapareció al instante.

-Existen miles de diferentes modos. Ninguno agradable. Tal vez hayas escuchado frases como: "Deseo morir en mi cama en medio de un profundo sueño". "Deseo que todo tarde solo un instante". "Deseo sentir como mi alma me abandona con total placidez".
No es posible. Iluso. Has sufrido al nacer y no lo recuerdas. Sufrirás al morir y no podrás recordarlo tampoco.
Aquel que duerme plácidamente se despierta incapaz de pedir ningún socorro. Aquellos que desean un único instante de dolor, obtienen que el mismo dure eternidades. Aquellos que desean sentir su alma flotar, no cuentan en su sufrimiento con tiempo para percatarse. Por lo que pase luego, no debes preocuparte. No está en ti modificar nada de ello.

Bajó su cabeza en un gesto que parecía de pena. Con su mano izquierda sacudió de su negro pantalón pequeñas motas de polvo que se habían acumulado. Luego ladeó la cabeza como quien ha cerrado una idea con un lazo de picardía y volvió a mirarme.

-Qué esperabas de mí?

-Alivio.

-¿Acaso me ves en medio de la luz? ¿Vital? ¿Rodeado de niños y belleza? ¿Es mi casa un nido o una tumba? Piensas que mi razón de ser es consolar niños asustados?
No tengo alivio para darte. Mi habitación es abierta. No hay paredes que me encierren, ni obligaciones con el prójimo. Sin embargo nada me alcanza aquí.

-Pero afuera es de día. La luz lo penetra todo. Algo debería llegar a usted, tal vez parte de su calor. ¿Es que nada lo conmueve?

-Yo emano la noche. Ya no recuerdo desde cuando es así.

Mirando alrededor nada parecía desdecirlo. No había traspasado puerta alguna para llegar a él. No había paredes. Tan sólo leves imágenes que podían ser recreadas por mi propia memoria.

-Cuando emprendí el camino sólo fui empujado por su  fama. Algunos dicen haberlo enfrentado en algún momento. Todos con suertes diversas.

Una leve sonrisa asomó en sus labios.

-Otros dicen que usted logró que se superaran y lograran cosas que parecían imposibles.

Clavó su mirada en mí y pude ver el hielo que se acumulaba en su interior. Negros témpanos se apretaban unos contra otros en un glaciar sin movimiento ni belleza.

-Sólo soy una herramienta. Un educador. Me han convocado en cuanto momento oportuno han descubierto. En ocasiones soy utilizado por aquellos que poseen el poder. En otras el poder soy yo. Sin embargo no ha sido mi elección, solo cumplo mi mandato.

-Lo he visto con anterioridad detrás de cada bayoneta que se larga a una carga ligera, no importa que color de casaca porte y no supe como enfrentarlo, pues siempre fueron situaciones no esperadas. Pero hoy es diferente, yo lo he venido a buscar. Estoy preparado.

-Podrías encontrarme en medio de multitudes si así lo quisieras. No hay valentía en tu actitud.

-De todas formas prefiero estar frente a frente. Como ahora.

Su mirada penetró la mía. No existía en él el menor atisbo de odio, rencor, furia o cualquier otro sentimiento. Tampoco parecía haber paz.

-Quienes has amado han muerto. No es cierto?.

-Así es...

-En el momento de cada una de esas muertes tu mente se había abstraído. No pensabas en el simple hecho. En el dolor o la pérdida. Sólo te preocupaba haber hecho lo suficiente. No quedar con culpa alguna. Poder decir para tus adentros “fue inevitable”, con algún atisbo de cobardía.

-Sufrí como cualquiera sufre.

-Pero también como cualquiera, luego. Mas tarde.

-No comprendo.

-Al igual que quien acomoda una idea en su cabeza con tiempo y paciencia, deberás enfrentar tu momento sin culpas. Habiendo hecho todo lo necesario. Asumiendo lo inevitable. Sin esperar un después.

-No es un consejo original.

-Tampoco el problema. Tómalo o déjalo. Por si no lo has notado, ya me hastías. No tu persona en particular, si no, el reiterado pedido que por milenios ha llegado hasta mí.

La habitación había comenzado a tornarse mas fría. Pequeñas nubes de vapor salían de cuando en cuando de mi boca. Él seguía inmutable, sin prisas observando la palma de su mano mientras a su alrededor comenzaron a brotar largas briznas de césped negro que ondulaban con vida propia.

-Piensas en tus muertos ahora?

-Usted me los ha traído, cuando cada día se alejaban más.

-Y pensar que en un primer momento te han visitado hasta en tus sueños. Has vivido cada día en medio de preguntas y recuerdos. Has imaginado lo que con ellos estaría pasando. Morbosa actividad que nadie elude con éxito. Resígnate a vivir lo mismo. Sólo se te han adelantado.

-Cada día se alejan más.

-Tal vez  todavía estén muriendo.

Mi mirada cargada de rencor no logró alterar su gesto en el más mínimo detalle. Él sabía en cada instante lo que en mí ocurriría en el próximo. Ya no podía contar con ningún factor de sorpresa. Me encontraba pensando una conversación alternativa. Algo diferente que distendiera por un momento tan desagradable situación, cuando me espetó a boca de jarro:

-Te concedo tu pedido. Demos prisa al asunto.

-Pero si aún no se lo he dicho...

-Que no me acerque a ti cuando llegue el momento.

-Por cierto ...así es...

-Eres tan obvio. Pues entonces cobraré mi parte ahora.

Recliné la cabeza exhausto de aquella situación asfixiante. Un dejo de resignación por tener que cumplir mi promesa, se vio equilibrado con la victoria de haber logrado lo que tanto ansiaba. Mi jornada había sido recompensada con el éxito. Libraría el resto de mis batallas libremente. Para siempre. No podía creerlo.

-Solo dígame que.

-Es muy simple. Tú que de tantas cosas quieres estar exento, dime, cuéntame, sobre aquello a lo que yo no tengo acceso. Háblame de la luz, del sonido de las risas de los niños, de amar una mujer u hombre, del paisaje. Háblame sobre aquello que ya no conozco y que en algún momento fuera tan mío. De aquello que para ti forma parte de lo cotidiano, mundano y simple.

Con alivio comencé mi relato. La consigna no era tan difícil de cumplir. Me explayé en cada punto donde sus ojos me indicaban un especial interés. Relaté todo lo que la vista, el tacto, el olfato, el oído, y el gusto podían contar. Animé mi actuación con anécdotas acuñadas por diversos personajes. Hablé por muchas horas. Llegué a inventar cuentos irreales. Mientras tanto, el miedo que siempre me había acompañado, se deleitaba con cada una de mis palabras. En silencio.
Las horas se hicieron días, los días meses y los meses años. Sentados frente a frente, él y su víctima habitual. Sin poder deshacerse el uno del otro.
Nuevamente la oscuridad nos envolvía.
La trampa se había cerrado tras de mí sin que yo me hubiese dado cuenta a tiempo. Él siempre lo había intentado y yo caí al fin en ella. Cuando pensé que lo había dominado, cuando con todo mi valor logré enfrentarlo, no supe alejarme. Pues cuando no se encontrara presente, cumpliendo con la palabra empeñada, entonces, sí, entonces, podría ser mi hora final.
Y eso aún me aterroriza.

OPin
Bs. As. 2000
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9

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